El taco a medias
La capacidad del miedo de frenarte.
Verdad incómoda: tiendo a dejar las cosas inacabadas.
Verdad cómoda: estoy haciendo un esfuerzo consciente por dejar de hacerlo.
Tengo pocas memorias de mi infancia tan vívidas como la de mi mamá haciéndome notar que me estaba comiendo los tacos por los dos lados. Es decir: le daba una mordida, lo volteaba, y seguía comiéndolo por el lado contrario. Y así sucesivamente hasta que quedaba un pedacillo de tortilla apenas colgado de la pinza hecha con mi dedos índice y pulgar, ya sin relleno. A ella esta costumbre le molestaba, y me decía que así no se comían los tacos y —con su característica forma de psicoanalizarme— me aseguraba con ironía que así estaba comiéndome también la vida: a medias y sin consistencia. Yo, muy envalentonada como siempre he sido, le contestaba que así me gustaba comérmelos y que todo lo demás eran jaladas. Aunque claramente su comentario me dejó marcada, si 30 años después aún me lo cuestiono. Supongo que ésta es la versión antigua de mi esposo diciéndome que me acabe el último chorrito de café o los granos de arroz desperdigados por mi plato.
Si lo pienso un poco más, es verdad que me aburro pronto si no tengo ráfagas de adrenalina que me inspiren a seguir. Para terminar un libro, éste tiene que seguir dando de sí y no perder el ritmo. Pierdo la paciencia si no veo resultados rápido y boto aquello que dejó de darme emociones fuertes, argumentando falta de tiempo, dinero, energía, etc.
Y si me atrevo y me reviso a consciencia, aquí frente a todos ustedes, debo confesar que es el miedo a ya no sentirme viva lo que evita que siga adelante en los momentos lentos o bajos de energía.
No sé qué me hizo creer que la vida tenía que ser un conjunto constante de emociones fuertes y resultados. En algún momento del camino asumí que los procesos tenían que verse, ser transparentes y mostrar los avances, de lo contrario habría una falta de evolución o avance. Y me daba por vencida sin darle oportunidad de florecer.
Ahora sé que no es así. El proceso muchas veces es invisible a la vista. Sembramos una semilla y no vemos todo lo que sucede en ella. Está bajo tierra, preparándose para surgir, para convertirse en lo que vino a Ser. Pero necesita de la consistencia diaria del agua, la luz del sol y el viento para poder crecer. Ahora me puedo ver como un alma en proceso, aprendiendo por años a abrirme, a encaminarme, a perderme en la paciencia que requieren los procesos de comer, de avanzar, tomar el taco por los cuernos y comértelo con paciencia.
Y, ¿para qué escribo todo esto? Me pregunto con ganas de dejar también este artículo en el cajón de borradores, diciéndome que lo terminaré después (aunque no sea cierto). Pues justamente para ponerme en evidencia, para obligarme a seguir confrontándome con ese lado mío que le teme a volar.
Y tú, ¿cómo te comes la vida? Me interesa genuinamente leerte.
Con gratitud ✨
Bego.

